El francés, que milita en los Red Bull de Nueva York, entrenará en el equipo inglés en una corta cesión
El delantero francés Thierry Henry regresó a su antiguo equipo, el Arsenal, para entrenar con ellos durante un período de cesión que corresponde con el descanso de la Liga estadounidense, según ha informado el club de Londres en un comunicado.
La corta estancia del ex barcelonista en la plantilla de su compatriota Arsene Wenger le ayudará a mantener la forma física de cara a la nueva temporada con los Red Bull de Nueva York, entidad en la que milita desde julio del año pasado.
Otro que aprovechará el tiempo de descanso en la liga americana es David Beckham. El ex capitán de Inglaterra se ha sometido al reconocimiento médico con el Tottenham. Los 'Spurs' anunciaron este domingo que finalmente habían llegado a un acuerdo con el club estadounidense para recibir a Beckham por un contrato de cesión que sólo permitirá al ex jugador del Manchester United y del Real Madrid entrenarse con la plantilla de Harry Redknapp, sin competir con ellos.
David Beckham se entrenará con la primera plantilla del Tottenham Hotspur hasta el próximo 10 de febrero para mantener la forma a la espera de que se reanude la liga de EEUU a mediados de marzo, pero no jugará ningún partido con el equipo.
El técnico del Manchester United cumple 7 décadas el 31 de diciembre de 2011, de los cuales 25 ha estado ligado al banquillo del Manchester United. Debutó como jugador profesional a la edad de 16 años con el Queen's Park escocés. Con 33 años ejerció por vez primera desde los banquillos, al mando del East Stirlingshire cobrando 50 euros semanales. Desde 1986, escribe con letras de oro la historia del Manchester United.
Sus vitrinas rebosan títulos personales a la par de colectivos, pero a día de hoy, aún tiene dos frentes abiertos por resolver que le impiden retirarse: batir la hegemonía del Fútbol Club Barcelona e imponer el dominio del United en Manchester.
No habrá persona que lo retire, sino club que lo haga. Ya sea por agotamiento o por claro vencedor, el Fútbol Club Barcelona será el verdugo de la historia en los banquillos de Sir Alex Ferguson, el mister que entrena sin reloj.
El "14" de Henry, el "4" de Cesc Fábregas o el "13" de Aleksandr Hleb. Hace 79 años nos habría costado bastante más identificar a los jugadores de uno y otro equipo.
El 25 de agosto de 1928, en el primer partido de Liga de aquella temporada 1928/29, el Arsenal del mítico Herbert Chapman visitaba al Wednesday (actual Sheffield Wednesday) en Hillsborough. Fue el primer equipo, junto al Chelsea, que inmediatamente copió la iniciativa de Chapman, en incluir dorsales en sus camisetas. Tuvieron que pasar aún algunos años con diversas pruebas (los jugadores de un equipo numerados del 1 al 11 y los del otro del 12 al 22…) hasta que la numeración fue incluida por todos los clubes de la Liga inglesa de manera oficial al inicio de la temporada 1939/40.
No fue la única gran revolución en el mundo del fútbol introducida por el visionario Herbert Chapman. Tácticamente, el técnico del Arsenal modernizó aquella “inconcebible” 2-3-5 para dar lugar a una “más razonable” 3-3-4 ó 3-4-3 (la conocida como “WM”), fue el primer manager en cuidar la forma física de los futbolistas de manera profesional y valiéndose de especialistas en la materia, introdujo las mangas blancas en la camiseta del Arsenal que hoy conocemos todos (para diferenciarla de otros equipos “rojos”) y gracias a sus presiones consiguió que se rebautizará la estación de metro de Gillespie Road como Arsenal Station.
Las historias de locuras del estratega argentino Marcelo Bielsa no son nuevas.
En un partido de la Copa Libertadores (1992), cuando dirigía a Newells Old Boys de Rosario, sufrió un catastrófico 6-0 ante San Lorenzo.
Los simpatizantes, indignados, responsabilizaron al director técnico, que en ese entonces tenía 37 años.
Una veintena de esos hinchas, los más enfurecidos integrantes de la barra brava del club, decidió pedirle explicaciones, en persona.
El airado grupo fue a la casa del entrenador y llamó insistentemente a la puerta sin conseguir, al principio, que Bielsa los atendiera. Pero inesperadamente, el dueño de casa salió y los encaró con el estilo reconcentrado que años después se convirtió en una marca registrada: “Si no se van ahora mismo, saco la espoleta y se las tiro”, dijo exhibiendo una granada.
Más estupefactos que después del sexto gol de San Lorenzo, los hinchas se quedaron paralizados primero y comenzaron a retroceder, después. Bielsa, amenazante, avanzó lentamente al principio y terminó corriéndolos varias cuadras, siempre empuñando la granada. Uno de los perseguidos que relató la anécdota a la prensa rosarina decía: “Podíamos esperar que saliera con una escopeta, pero nunca con una granada”.
Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina. El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar. Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está.
Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud.
Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo. En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta
años. Los músculos se cansan temprano:
-Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
-¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.
Cuento del libro “El fútbol a sol y sombra” – Eduardo Galeano
Jugó, venció, meó, perdió. El análisis delató efedrina y Maradona acabó de mala manera su Mundial del 94. La efedrina, que no se considera droga estimulante en el deporte profesional de los Estados Unidos y de muchos otros países, está prohibida en las competencias internacionales. hubo estupor y escándalo. Los truenos de la condenación moral dejaron sordo al mundo entero, pero mal que bien se hicieron oír algunas voces de apoyo al ídolo caído. Y no sólo en su dolorida y atónita Argentina, sino
en lugares tan lejanos como Bangladesh, donde una manifestación numerosa rugió en las calles repudiando a la FIFA y exigiendo el retorno del expulsado. Al fin y al cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo desde hacía años el pecado dc ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y cl crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la izquierda» y también significa «al contrario de como se debe hacer». Diego Armando Maradona nunca había usado estimulantes, en vísperas dc los partidos, para multiplicarse el cuerpo. Es verdad que había estado metido en la cocaína, pero se dopaba en las fiestas tristes, para olvidar o ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la gloria y no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella. Él estaba agobiado por el peso de su propio personaje. Tenía problemas en la columna vertebral, desde el lejano día en que la multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda. El cuerpo como metáfora: le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas. No había demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo. «Necesito que me necesiten», confesó, cuando ya llevaba muchos años con el halo sobre la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de sus devotos y por el odio de sus ofendidos. El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos. En España, cuando Goicoechea le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de las canchas por varios meses, no faltaron fanáticos que llevaron en andas al culpable de este homicidio premeditado, y en todo el mundo sobraron gentes dispuestas a celebrar la caída del arrogante sudaca intruso en las cumbres, el nuevo rico ése que se había fugado del hambre y se daba el lujo de la insolencia y la fanfarronería.
Después, en Nápoles, Maradona fue santa Maradonna y san Gennaro se convirtió en san Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantalón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta en el manto sagrado del santo que sangra cada seis meses, y también se vendían ataúdes de los clubes del norte de Italia y botellitas con lágrimas de Silvio Berlusconi. Los niños y los perros lucían pelucas de Maradona. Había una pelota bajo el pie de la estatua del Dante y el tritón de la fuente vestía la camiseta azul del club Nápoles. Hacía más de medio siglo que el equipo de la ciudad no ganaba un campeonato, ciudad condenada las furias del Vesubio y a la derrota eterna en los campos de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro había logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba. Copa tras copa, en los estadios italianos y europeos, el club Nápoles vencía, y cada gol era una profanación del orden establecido y una revancha contra la historia. En Milán odiaban al culpable de esta afrenta de los pobres salidos de su lugar, lo llamaban jamón con
rulos. Y no sólo en Milán: en el Mundial del 90, la mayoría del público castigaba a Maradona con furiosas silbatinas cada vez que tocaba la pelota, y la derrota argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria italiana.Cuando Maradona dijo que quería irse de Nápoles, hubo quienes le echaron por la ventana muñecos de cera atravesados de alfileres. Prisionero de la ciudad que lo adoraba y de la camorra, la mafia dueña de la ciudad, él ya estaba jugando a contracorazón, a contrapié; y entonces,
estalló el escándalo de la cocaína. Maradona se convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que se había hecho pasar por héroe.
Más tarde, en Buenos Aires, la televisión trasmitió el segundo ajuste de cuentas: detención en vivo y en directo, como si fuera un partido, para deleite de quienes disfrutaron el espectáculo del rey desnudo que la policía se llevaba preso. «Es un enfermo», dijeron. Dijeron: «Está acabado». El mesías convocado para redimir la maldición histórica de los italianos del sur había sido, también, el vengador
de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a los ingleses girando como trompos durante algunos años; pero a la hora de la caída, el Pibe de Oro no fue más que un farsante pichicatero y putañero. Maradona había traicionado a los niños y había deshonrado al deporte. Lo dieron por muerto. Pero el cadáver se levantó de un brinco. Cumplida la
penitencia de la cocaína, Maradona fue el bombero de la selección argentina, que estaba quemando sus últimas posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a Maradona, llegó. Y en el Mundial, Maradona estaba siendo otra vez, como en los viejos tiempos, el mejor de todos, cuando estalló el escándalo de la efedrina. La máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta, eso tiene su precio, cl precio se cobra al contado y sin descuentos. Y el propio Maradona regaló la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad
infantil que lo empuja a precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino. Los mismos periodistas que lo acosan con los micrófonos, le reprochan su arrogancia y sus rabietas, y lo acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no es eso lo que no pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que a veces dice. Este petiso respondón y calentón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En
el 86 y en el 94, en México y en Estados Unidos, denunció a la omnipotente dictadura de la televisión, que estaba obligando a los jugadores a deslomarse al mediodía, achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones más, todo a lo largo de su accidentada carrera, Maradona ha dicho cosas que han sacudido el avispero. Él no ha sido el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la que ha dado resonancia universal a las preguntas más insoportables: ¿Por qué no rigen en el fútbol las normas universales del derecho laboral? Si es normal que cualquier artista conozca las utilidades del show que ofrece, ¿por qué los jugadores no pueden conocer las cuentas secretas de la opulenta multinacional del fútbol? Havelange calla, ocupado en otros menesteres, y Joseph Blatter, burócrata de la FIFA que jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de ocho metros y con chófer negro, se limita a comentar: El último astro argentino fue Di Stéfano. Cuando Maradona fue, por fin, expulsado del Mundial del 94, las canchas de fútbol perdieron a su rebelde más clamoroso. Y también perdieron a un jugador fant
ástico. Maradona es incontrolable cuando habla, pero mucho más cuando juega: no hay quien pueda prever las diabluras de este inventor de sorpresas, que jamás se repite y que disfruta desconcertando a las computadoras. No es un jugador veloz, torito corto de piernas, pero lleva la pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el cuerpo. Sus artes malabares encienden la cancha. El puede resolver un partido disparando un tiro fulminante de espaldas al arco o sirviendo un pase imposible, a lo lejos, cuando está cercado por miles de piernas enemigas; y no hay quien lo pare cuando se lanza a gambetear
rivales. En el frígido fútbol de fin de siglo, que exige ganar y prohibe gozar, este hombre es uno de los pocos que demuestra que la fantasía puede también ser eficaz.
Cuento del libro “El fútbol a sol y sombra” – Eduardo Galeano
En la catástrofe aérea de Múnich, el equipo del United quedó destrozado. Murieron jugadores importantes como Byrne, Pegg, Taylor, Colman, Whelan y estuvo 15 días debatiéndose entre la vida y la muerte Duncan Edwards, que a sus 21 años era la figura del equipo y la gran esperanza del fútbol inglés. Su muerte conmocionó a Inglaterra y hubieron de ocultársela a su entrenador, Matt Busby, que la conocería semanas más tarde.
Aquel equipo tuvo que recomponerse y seguir jugando el campeonato y hasta llegó a disputar aquel año la final de Copa perdiéndola 2-0 con el Bolton.Dicen que el fútbol siempre paga sus deudas. Tres de los supervivientes, Charlton, Foulkes y Gregg, con Matt Busby en el banquillo como entrenador, lograrían diez años después de la catastrofe de Múnich en 1968 ganar la Copa de Europa imponiéndose al Benfica en una final inolvidable para la ciudad de Manchester y para los hinchas del United.
Si alguna vez viajan de turismo a Inglaterra y tienen pensado visitar la ciudad de Manchester no olviden que en el propio estadio de Old Trafford, uno de los grandes templos del fútbol inglés, hay un museo futbolístico de primera dimensión y una sala dedicada a una tragedia que engrandeció la historia de uno de los equipos más importantes del mundo y que sabe rendir culto a aquellos que lo engrandecieron.
Con 21 años en una pista helada dejó su vida la gran figura del fútbol inglés, Duncan Edwards. Dicen que en la iglesia de su ciudad hay una vidriera que le recuerda vestido con la camiseta del United.
-La participación de José Batista en México '86 fue vista y no vista. El jugador uruguayo fue expulsado del partido que disputaba su selección ante Escocia a los 55 segundos de juego. Por supuesto, Batista tiene el récord de la expulsión más rápida.
-Una intensa lluvia fue la protagonista del partido que enfrentó a Brasil y Polonia en Francia '38. El terreno de juego se encharcó, y el brasileño Leónidas decidió quitarse las botas porque le pesaban demasiado a causa del barro. Pero el árbitro no le permitió jugar descalzo y le obligó a ponérselas de nuevo. Poco después, el delantero brasileño perdió una bota en plena jugada y llegó a meter un gol.
-27 segundos de juego bastaron para que el inglés Bryan Robson anotara el primer gol en el partido que enfrentaba a su país contra Francia. Fue en España '82, y aquel gol pasó a la historia como el más rápido en una Copa del Mundo.
-En Inglaterra '66, durante el partido entre Argentina y el equipo anfitrión, el árbitro expulsó a Antonio Rattín en una decisión que los jugadores argentinos consideraron injusta. A modo de protesta, Rattín arrancó y retorció uno de los banderines de corner, y luego se sentó a ver el resto del partido sobre la alfombra real británica.
-Uruguay '30, partido entre Francia y Argentina. Cuatro minutos antes del tiempo reglamentario, el árbitro Almeido Rego pita el final del encuentro cuando Argentina gana por 1 a 0. Los equipos abandonan el terreno de juego, pero el público no está de acuerdo con la decisión del árbitro e invade el campo para protestar. Tras la intervención de la policía para echar a los aficionados, Rego reconsidera su decisión y hacer llamar a los jugadores, que ya están en los vestuarios, para reanudar el juego. El partido termina con el mismo resultado.
-En Argentina '78, durante el partido que enfrentaba a Brasil y Túnez, el árbitro señaló una falta a favor de los brasileños cerca del área tunecina. Cuando ya todos los jugadores estaban preparados y el árbitro pitó para reanudar el juego, un defensa abandonó corriendo la barrera tunecina y chutó el balón antes de que ningún jugador brasileño pudiera reaccionar. El árbitro amonestó al tunecino, pero éste no llegó a entender por qué le castigaban.
-Un pastor protestante de una pequeña localidad británica ha decidido proyectar los partidos del Mundial 2002 para sus parroquianos. De esta manera pretende atraer a los feligreses a su iglesia, al menos los domingos, que es cuando se emitirán los encuentros. Lo que no podrán hacer los aficionados es tomarse la típica pinta de cerveza mientras ven los partidos...
Lo primero que hay que decir es que el Escorpión nació por casualidad, pues lo que yo quería hacer era otra cosa: agarrar el balón con las piernas y no pegarle con los tacos. Me explico: simplemente a mí me tiraban la pelota, yo me estiraba para adelante, como volando, y la apretaba entre la parte trasera del muslo y el huevito que está detrás de la espinilla.La verdad es que yo vi de reojo que el juez de línea tenía la bandera levantada por un fuera de lugar, lo que hacía el momento aun más perfecto: si el balón pasaba, capaz que dejaba la banderola arriba y anulaba el gol. Pero el hombre quedó loco cuando hice la jugada y bajó la bandera. En ese momento escuché un murmullo en las tribunas que nunca había oído y no volví a oír. Después empezaron las ovaciones. Creo que ha sido la jugada más premiada y celebrada de la historia del fútbol. El árbitro pitó el final del primer tiempo, llegamos al camerino y, ¡sorpresa!, el técnico ‘Bolillo’ Gómez no me regañó. En cambio dijo: “Si eso lo hubiera hecho un argentino, lo habríamos aplaudido; entonces démosle un aplauso a René”. Y todos me aplaudieron y me felicitaron. Pero en ese camerino nadie entendía la dimensión de lo acababa de pasar hasta que salimos para el hotel y la gente en la calle hablaba del Escorpión. Después prendimos la televisión y los periodistas comentaban la jugada. Y en el aeropuerto solo se escuchaba a la gente que repetía “el Escorpión, el Escorpión, el Escorpión…”. Era una locura
El fútbol italiano ha sido y es, tradicionalmente, considerado uno de los más defensivos y poco estéticos que se pudieron ver a lo largo de la historia. La idiosincrasia de juego de su liga y de su selección nacional fue muchas veces cuestionada por algunos de los promotores del fútbol ofensivo y vistoso ya desde los primeros años del siglo pasado. Sin embargo, a finales de la década de 1980 el entrenador Arrigo Sacchi llegó al Milan para romper los esquemas tradicionales del Calcio y formar un equipo Inmortal. Antes de estos tiempos dorados, el elenco Diavolo atravesó una de sus peores épocas. Los casos de corrupción adjudicados y dos descensos a la Serie B de Italia, la segunda categoría de ese país, mancharon la gloriosa historia del Milan. No obstante, la llegada de Silvio Berlusconi a la presidencia en lugar de Giuseppe Farina significó la inyección económica que una de las escuadras más poderosas del mundo necesitaba para poder resurgir de las cenizas. Con él llegó la reestructuración del plantel profesional (arribaron Roberto Donadoni, Daniele Massaro, Giuseppe Galderisi y Giovanni Galli, entre otros) y el regreso a las competiciones internacionales.
Eventualmente, el conjunto milanés comenzó su etapa más recordada y fructífera. Mantener la posesión de la pelota y llevar en todo momento la iniciativa de ataque eran las premisas de este poderoso conjunto, que contaba con tres holandeses que llevaban el legado del Fútbol Total de Johan Cruyff: Frank Rijkaard, que se movía hábilmente como primer marcador central, y Marco Van Basten y Ruud Gullit, garantía en el ataque de ese Milan que consiguió conquistar Europa en 1989 y 1990.
Van Basten era el matador del área que el Milan precisaba. Sus movimientos eran quizás lentos pero su agilidad mental y su potencia y frialdad en el momento de la definición. Por lo general se acercaba al área contraria por el centro del campo, pero su talento le permitía adentrarse por las bandas. En tanto, el Tulipán Negro empleaba al máximo su velocidad para desbordar las bandas y su cabeceo en las pelotas paradas, siendo casi imposible de detener para los adversarios.
Pero el cuadro de Arrigo Sacchi no dependía exclusivamente del tridente neerlandés. Franco Baresi era la voz del director técnico dentro del campo de juego, el líder, debido a que siempre indicaba a sus compañeros las jugadas necesarias y más convenientes durante el desarrollo de los partidos. Defensor elegante a la hora de distribuir y certero en la recuperación, con toda su experiencia y jerarquía fue capaz de comandar al Milan a lo más alto. Sin embargo, no se llevó todas las luces porque también era acompañado por el joven Paolo Maldini, quien ya estaba asentado como titular y era sinónimo de proyección, disciplina, potencia y seguridad por el extremo derecho.
A partir de estos dos hombres, el Milan implementaba una presión extrema en cada zona de la cancha con el fin de que ninguno de sus jugadores estuviera demasiado alejado de la pelota. De esta manera, el conjunto Rossonero siempre amenazaba con recuperar la tenencia y una vez que lo hacía (casi siempre) llevaba ataque sus ofensivas mortíferas.
Pero al igual que todo engranaje perfecto, el Milan de Sacchi no dependía únicamente de las figuras mencionadas anteriormente. Donadoni, Carlo Ancelotti, Alberigo Evani fueron los responsables de la recuperación total en el mediocampo, cortando de raíz los avances adversarios. A su vez, Angelo Colombo se posicionaba delante de la zaga central para colaborar con Baresi y Rijkaard, retrasándose y también presionando hacia adelante. Además, en el carril opuesto al de Maldini Mauro Tassotti era el encargado de desnivelar para acompañar en la creación de fútbol a Donadoni y a Gullit ocasionalmente.
Un Scudetto de Primera División, dos Copas de Campeones de Europa, la misma cantidad de Intercontinentales y de Supercopas de Europa y una Supercopa de Italia fueron los laudos de Arrigo Sacchi en su estadía en Milan. Los trofeos quedaron en las vitrinas pero la espectacularidad del fútbol demostrado por ese equipo seguramente quedó grabado en la mente de los tifosi.
Era la temporada 91-92 del calcio. Con 25 chicharros de Marco Van Basten como principal argumento, al Milan de Fabio Capello le daba por embolsarse el que iba a ser el primero de cuatro scudettos consecutivos, a ZdeněkZeman por maravillar al país entero convirtiendo al modesto Foggia en una máquina de jugar (58 goles a favor con Baiano y Signori incontestables) y de palmar (58 en contra) y a la Fiorentina por pasearse de norte a sur con éste engendro trufado de rayas y despropósitos que están viendo sobre el párrafo. En el club viola dieron carpetazo a la temporada sentados en un despampanante décimosegundo puesto. Si aquello no era un castigo divino de San Giovanni, patrón eterno de la capital toscana, por la camisetucha de recambio lo parecía…
Quizá la tela, patrocinada por una conocida marca de productos para niños, tuvo algún efecto infantilizante en el juego del once florentino porque de otro modo no se puede explicar tan discreto desempeño. Sobre todo en un conjunto que contaba con efectivos de la categoría de Dunga o un Gabriel Batistuta recién aterrizado para hacer historia en el club. Claro que al año siguiente llegaron Stefan Effemberg,Brian Laudrup y el gambetita Latorre y la cosa no mejoró ni un ápice. Ni aliñando las hombreras suplentes con el icono fundamental de la ideología que tanto ha gustado siempre en Italia oiga.
Aunque en cierto modo la existencia de esta anomalía (sin duda el festival de hojas moradas es un homenaje Lotto al manto caducifolio que cubre la baldosa florentina durante el otoño) es plenamente justificable (si tu carnet de identidad te acredita como ciudadano italiano). Porque por mucho que nos vendan que en la nación principio y final de la moda mundial hasta el más terrone es sensible por tradición, que incluso el que vive masticando tierra en un campo de la Italia meridional es acreedor de un profundo sentimiento artístico, después Lotto, Diadora y compañía tejen lo que tejen. Esto es, extravagancias non sense ideales para cortejar bestialmente hasta en el último rincón del litoral español, camisetas como la de la Fiore 91.